El sanedrín (“sentarse juntos”) era la corte suprema de Israel, compuesto por 71 miembros y presidido por el sumo sacerdote. Tenía competencias religiosas, legislativas y judiciales.
Esta asamblea convocó una reunión de urgencia, ante un hecho extraordinario ocurrido en Betania, a tres kilómetros de Jerusalén: Lázaro llevaba cuatro días muerto y mostraba signos de descomposición. Sus hermanas, Marta y María, muy amigas de Jesús de Nazaret, le reprocharon no haber estado allí antes. Entonces, Jesús obró el milagro de devolverle la vida, ante el asombro y conversión de muchos judíos.
La noticia llegó a los príncipes de los sacerdotes y fariseos, quienes informaron al sanedrín, temerosos de perder su poder: “si le dejamos así, todos creerán en él; y vendrán los romanos y destruirán nuestra nación”. Caifás, entonces sumo sacerdote, profetizó: “os conviene que un hombre muera por el pueblo y no perezca toda la nación”. El sanedrín veía peligrar su poder religioso, político y económico que ejercían ante el pueblo, y decidió dar muerte a Jesús, movido por la envidia y con engaño.
En esa reunión, primero dictaron la sentencia condenatoria, y después realizaron el proceso para legitimar su actuación. Recriminaron a los alguaciles por desobedecer la orden de busca y captura del Salvador, pero estos quedaron cautivados porque jamás habló así hombre alguno. Sin embargo, el sanedrín los reprendió, argumentando que ninguna autoridad había creído en él, en un gesto de soberbia intelectual y de propaganda manipuladora.
Uno de sus miembros, Nicodemo, doctor de la ley, defendió el derecho a la presunción de inocencia: ¿Es que nuestra Ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y conocer lo que ha hecho? De inmediato, el poder político del sanedrín le desautorizó: ¿También eres tú de Galilea? Investiga y te darás cuenta que ningún profeta sale de Galilea.
Entonces, como ahora, el poder político del sanedrín interfiere en la justicia. Ya lo advirtió el autor de “De Civitate Dei”, san Agustín: “Quita el derecho y, entonces, ¿qué distingue al gobierno de una banda de ladrones?”. El pueblo de Israel siempre fue observante del derecho. Siete siglos antes, en Babilonia, bajo el mandato del rey Nabucodonosor, se condenó a la casta Susana por un delito de adulterio, con el falso testimonio de dos jueces corruptos. Tuvo que intervenir el profeta Daniel interrogando a los acusadores, para demostrar su prevaricación, al caer en contradicción: uno dijo que vio a esta hija decente de Israel debajo de una acacia y el otro de una encina.
Así, pues, la detención de Jesús de Nazaret en el Huerto de los Olivos fue ilegal, peor que a un delincuente, con la traición de uno de los suyos mediante precio y recompensa, utilizaron fondos reservados del Templo, hubo malversación y blanqueo de capitales, se actuó con nocturnidad, alevosía, violencia y ensañamiento.
El sanedrín urde una trama de terrorismo de Estado; detiene, conduce, juzga a Jesús, en un alarde de falta de separación de poderes, y acosa judicialmente a Pilatos para que le condene a muerte en la cruz, bajo la amenaza de hacerse enemigo del Cesar. En un proceso sumarísimo, porque desde la detención a media noche hasta su muerte, las tres de la tarde, sólo trascurren 16 horas.
Era día feriado, fuera de la sede judicial, sin orden del día, con pruebas testificales preconstituidas, se cambia varias veces la acusación: primero que se hacía rey de los judíos, después que era Hijo de Dios, y antes que quería destruir el Templo, no pagar impuestos a Roma y amotinar al pueblo.
El sanedrín le coaccionó al propinarle una bofetada, en una de las ocasiones que ejerció el derecho de defensa, a lo que contestó con mansedumbre: “Si he hecho mal, declara ese mal; pero si tengo razón, ¿por qué me pegas?”. Y encima, en vez de proteger el derecho de Jesús a guardar silencio y a no declarar contra sí mismo, le obligan mediante coacción y bajo conjuro a que confiese si es el Mesías, el Hijo de Dios. A lo que el autor de la verdad, la justicia y la libertad manifestó: “Tú lo has dicho”. Entonces Caifás se rasgó las vestiduras, al entender que el reo cometía una blasfemia.
La vulneración más grave del derecho a la presunción de inocencia aconteció en el juicio más importante de la historia de la humanidad.