12 hombres sin piedad

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En tiempos de freidoras de aire y de inteligencia artificial ¿cuánto tardaríamos hoy en condenarlo?

El otro día me sorprendió una película de la que había oído hablar con anterioridad, pero de la cual tenía expectativas prácticamente nulas. Pensaba que sería un drama judicial más, de esos que han envejecido con el tiempo y, sin embargo, me encontré con una obra de una vigencia brutal. «12 hombres sin piedad» no solo me atrapó desde el primer momento, sino que me hizo reflexionar.

En un panorama donde la industria del cine parece depender cada vez más de efectos especiales, presupuestos desorbitados y repartos llenos de estrellas, resulta difícil imaginar que una película como «12 hombres sin piedad» pudiera realizarse hoy y, más aún, que consiguiera atrapar la atención del público. Sin embargo, esta obra maestra de Sidney Lumet demuestra que una historia bien construida no necesita grandes artificios para impactar, logrando una de las narrativas más potentes que el cine haya visto, en un único escenario y con un elenco reducido.

Uno de los aspectos quizás más destacables de la película es la riqueza psicológica de los jurados, cada uno con su propio trasfondo, valores y prejuicios. Más allá de la discusión sobre la culpabilidad o inocencia del acusado, lo que realmente se juzga en esa sala es la naturaleza humana. La predisposición al sesgo, la facilidad con la que proyectamos nuestros traumas en otros, y la influencia de la opinión mayoritaria en nuestra toma de decisiones.

Una de las premisas que plantea la película tiene una cuestión de fondo que me resulta fascinante: ¿puede un joven nacido en un barrio marginal aspirar a algo más que a la delincuencia si la sociedad entera le dice que ese es su destino? Nos obliga a cuestionar cómo los prejuicios estructurales afectan la impartición de justicia. De la misma manera pone en entredicho la fiabilidad de los testigos y cómo la percepción puede verse manipulada.

La observación sobre el testigo anciano —que podría haber mentido por necesidad de atención— es particularmente conmovedora y relevante en nuestra sociedad actual, donde los ancianos son cada vez más olvidados. Esa soledad puede llevar a comportamientos desesperados para sentirse relevante y escuchado en un mundo que, a menudo, los ignora. Esa necesidad de reconocimiento puede llevarles incluso a distorsionar la realidad.

Asimismo, la presión social sobre los estándares de belleza queda patente en la discusión sobre la testigo femenina. El hecho de que haya ocultado el uso de gafas para aparentar juventud expone cómo la sociedad condiciona la imagen que proyectamos y cómo ese deseo de encajar puede influir incluso en un juicio. Hoy en día, vivimos en una era dominada por filtros, cirugías estéticas y culto a la imagen, no resulta difícil imaginar situaciones similares donde la credibilidad de una persona quede en entredicho simplemente por no ajustarse a ciertos cánones estéticos.

Todo esto convierte a «12 hombres sin piedad» en algo más que un drama judicial: es un estudio sobre el juicio humano, sobre cómo decidimos, qué nos mueve y qué tan fácil es dejarnos arrastrar por nuestros prejuicios. La gran pregunta que me sugiere la película es qué sucedería si trasladamos el escenario de la película a nuestra sociedad actual. En una época caracterizada por la polarización política, la inmediatez de las redes sociales y la cultura de la cancelación, ¿habría alguien dispuesto a dudar? ¿Acaso el juicio habría terminado en cuestión de minutos, condenando sin vacilar?

En tiempos donde es más fácil señalar culpables que cuestionar nuestras certezas, 12 hombres sin piedad nos recuerda que la justicia es frágil y está constantemente amenazada por nuestras propias debilidades. “Como dice el Jurado N.º 8: «Es muy fácil matar a un hombre, pero ¿qué derecho tenemos?».” Una pregunta que, hoy en día, seguimos sin poder responder del todo.

Pepe Carcelén

Título: «12 hombres sin piedad»
Año: 1957
Dirección: Sidney Lumet