Gratitud y filosofía

Cambiar el mundo

Jaime Nubiola

El pasado 15 de marzo mis colegas de la Society for the Advancement of American Philosophy me entregaron en su reunión anual en Washington la distinción Herbert W. Schneider como reconocimiento a mi prolongada carrera en favor de una mejor comprensión de la filosofía norteamericana. Me emocionó que el centenar de asistentes al banquete se levantaran para aplaudir cuando me entregaban el diploma. En el viaje de regreso pensaba en la gratitud que, como decía con palabras de Emily Dickinson en mi breve discurso de aceptación, «es el único secreto que no puede revelarse por sí mismo».

Verdaderamente estoy muy agradecido por la concesión de ese premio, que fue algo realmente inesperado, y que en cierto sentido —como me señalaba alguien muy querido— viene a significar la culminación de mi vida académica. Me venía a la cabeza que quizá una manera de corresponder podría ser compartiendo aquí algo de lo que decía en la parte central de mi discurso en la Howard University, traducido al español:

«En mi opinión, la transformación pragmatista de la filosofía analítica está relacionada con esa idea kantiana del filósofo como un cierto ideal de maestro que busca promover los fines esenciales de la humanidad. Ese ideal lleva a concebir la filosofía como una forma de vida más que como una disciplina técnica y está relacionado con la idea de la responsabilidad de la filosofía y del filósofo en su actividad profesional.

No es una exageración afirmar que la razón está en peligro hoy en día. La razonabilidad no es el rasgo definitorio de nuestros políticos ni de nuestros líderes empresariales en todo el mundo, y a menudo parece estar ausente incluso en la práctica de nuestros colegas científicos. Como filósofos, que —en expresión de Husserl— nos sentimos «funcionarios de la humanidad», tenemos una gran responsabilidad con nuestros conciudadanos, como Sócrates con Atenas. Con nuestro trabajo no solo transmitimos conocimiento filosófico a las nuevas generaciones, sino que mantenemos viva la llama del pensamiento riguroso en libertad, la llama de ser plenamente humanos.

El año pasado, al recibir este premio, Vincent Colapietro nos instó a «ser el equivalente contemporáneo de las figuras hacia las que uno se siente más atraído; no simplemente bordar sus textos con nuestras anotaciones marginales». La filosofía no es —no puede ser— simplemente un ejercicio académico; es un instrumento para la reconstrucción progresiva, crítica y racional de la vida cotidiana. En un mundo donde la vida diaria a menudo está desconectada de un examen inteligente de uno mismo y de los frutos de la actividad humana, una filosofía que se separe de las preocupaciones genuinamente humanas sería un lujo que no podemos permitirnos.

Esto es lo que he tratado de hacer a lo largo de mi carrera y, por esa razón, recibir hoy el Premio Herbert W. Schneider es un profundo honor. ¡Muchas gracias!».

Hasta aquí las palabras finales de mi discurso de la semana pasada. A menudo las palabras resultan pobres para expresar el agradecimiento, pero no por ello hay que dejar de decirlas. La gratitud es algo profundamente humano. Los seres humanos nos cuidamos unos a otros y nos agradecemos unos a otros los cuidados. «La gratitud —leo en «Pequeña teología de la lentitud» (p. 62)— construye y reconstruye el mundo, dentro y fuera de nosotros». El agradecer no solo agrada a aquellos a quienes se dirige nuestra gratitud, sino que también nos ayuda a nosotros a crecer por dentro al reconocer nuestra dependencia de los demás.

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Jaime Nubiola es profesor emérito de Filosofía en la Universidad de Navarra, España (jnubiola@unav.es).