La Cuaresma es un tiempo de preparación, conversión y espera. Cuarenta días que nos invitan a la reflexión, al sacrificio y a la renovación de nuestro corazón para encontrarnos con la Resurrección de Cristo.
Este tiempo litúrgico no solo nos habla de penitencia, sino también de la virtud de la espera. Es aquí donde podemos conectar la Cuaresma con muchas de las experiencias que vivimos en el amor y la sexualidad.
Vivimos en una cultura que nos empuja constantemente a la inmediatez. Todo debe ser rápido: respuestas inmediatas, placeres instantáneos, gratificaciones al momento. Sin embargo, el verdadero amor y la madurez afectiva requieren aprender a esperar. La Cuaresma nos enseña que el tiempo de espera no es un castigo, sino un proceso necesario para la transformación.
Esperar en el amor: un acto de fe
En la vida afectiva, la espera suele estar presente en muchos aspectos: en el noviazgo que busca madurar antes del matrimonio, en la castidad vivida como un camino de entrega auténtica, en la paciencia dentro de una relación cuando las cosas no van como se esperan.
Muchas veces, esta espera puede parecer desesperante. Podemos preguntarnos: «¿cuándo llegará la persona indicada?», «¿cuándo entenderemos mejor nuestras diferencias?», «¿cuándo superaremos esta crisis?». Sin embargo, al igual que en la Cuaresma, la espera en el amor tiene un propósito: purificar nuestros deseos, ordenar nuestras emociones y fortalecer nuestra voluntad.
La castidad y la Cuaresma: Un camino de preparación
La llamada a la castidad en la vida de pareja no es simplemente una lista de prohibiciones, sino una invitación a amar de manera más plena. En la Cuaresma, renunciamos a ciertas comodidades no porque sean malas, sino para ejercitar nuestra voluntad y prepararnos para un bien mayor.
De manera similar, la castidad es un entrenamiento del corazón: aprendemos a amar sin poseer, a entregar sin exigir, a respetar sin usar. No es una negación del deseo, sino su elevación y purificación.
El ayuno del corazón
Así como en la Cuaresma practicamos el ayuno de alimentos, también podemos vivir un ayuno del corazón en el amor. Esto significa aprender a esperar sin angustia, a confiar en los tiempos de Dios, a soltar relaciones que nos hacen daño y a cultivar la paciencia.
Cuando aceptamos la espera con fe, dejamos de verla como una privación y la comprendemos como un período de crecimiento.
La Resurrección después de la espera
La Cuaresma no dura para siempre, tiene su culmen en la Pascua. De la misma manera, toda espera en el amor, cuando se vive con esperanza y confianza en Dios, tiene su recompensa.
A veces, esta recompensa será encontrar un amor sólido y maduro. Otras veces, será descubrir que Dios tenía un plan mejor para nosotros. La clave está en no desesperar, sino en transformar la espera en una oportunidad de crecimiento.
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Así como en Cuaresma nos preparamos para la alegría de la Pascua, en el amor también nos preparamos para recibir el don de una relación madura y plena. Aprender a esperar con fe, con esperanza y con amor nos convierte en personas capaces de amar de verdad, sin prisas y con la certeza de que Dios nunca se equivoca en sus tiempos.
Lorena y Diego para Ama Fuerte